11.4.13


El cordero. Esa cosa que llevo alzada, inmóvil, resignada, a la piedra en la que voy a sacrificarlo. Es lo que es. Lo cargo orgullosa de estar haciendo el bien. Miedo, angustia, el temor de los débiles que juegan a ser fuertes, en medio de una noche que ha sido demasiado larga. Con el cuerpo reventado a latigazos, pero firme, quizás más firme que nunca.
La piedra, el horizonte que tanto me atrajo, sugestionó mi cabeza, al frente. Es imposible calcular hacia él la distancia, como la cima de la montaña sagrada. Sangrando, cordero, te llevo sangrando y estoy sucia, llena de tierra. Vine a limpiarme.
Sos, cordero, una creación de mis padres, alimentado por todas mis falacias. Sos, cordero, ese trozo de carne dulce y tiesa, que al final se convierte en cenizas. Que no tiene el sabor de nada en particular, que parece arcilla. Y no de la que hay de donde vengo.
Yo te ví en un rinconcito de la casa que solía tener, temblando. Hace mucho más tiempo del que me gustaría reconocer. Y te adopté, porque para ese entonces lo poco que tenía se había ido, y mis ojos eran ciegos para los que se habían quedado.
Tardé años en comprender, cordero, que tu valor, el más preciado que podías tener, era el de la costumbre. Tu poder de domesticarnos a ambos, como si fuese extraño para mí no buscarme en alguna de mis extremidades un mordisco tuyo.
Nos hicimos, ambos, a imagen y semejanza del otro, como quien personifica a su dios mediante el placebo de creer que es dios quien lo ha personificado. Al punto de incorporarte, completamente, al punto en el que casi nadie ha podido mirarme sin vernos a los dos.
Esta noche, eterna por momentos, yo te entrego. Yo te creo, aún las mentiras inevitables, porque yo te he creado. Has sido el producto de mi imaginación más perfecto y falaz de todos los que se me han ocurrido. Sin tu presencia, antes imposible de ser disasociada, creí estar ahogándome. Me ahogué realmente, en el piso de todas mis casas, porque me recordaban a la tierra, o al fango. Los lugares en los que he querido enterrarme, en los que imaginé, como a vos, a otros tan reales e irreales con la pala en la mano.
Este es tu fin, pues yo te entrego. El fin de todo cordero es el sacrificio, por los errores humanos, por el acercamiento al instinto, por el creer que nos alejamos de la naturaleza y de dios. Así como vos y yo, todos somos un brazo de él. Un brazo tanto menos personificado que el de los fieles que han llegado a difuntos, creyendo que al morir verían la luz que los conduciría a la eternidad.
Ya entendés, cordero, que mi vida todavía es corta aunque agonizante, y que somos finitos. Y que he encontrado otras cosas, tanto más gratificantes, que la eterna disputa de mantenerte o no a mi lado.
Ya viste la piedra, tanto como yo, y te aferrás a mi pecho reclamándome arrepentimiento, error y miedo. Me reclamás costumbre, volver a hacer lo que siempre hemos hecho, los lugares en los que ya hemos estado, que aseguran tanto tu supervivencia como mi muerte. Creo que sabés, a esta altura, que el camino por el que me has llevado, el que tanto deseás para mí, no sólo es una quimera, sino que es el fin para ambos. Pero es para esa muerte, aún en vida, para la que no estoy lista, y nos hemos vuelto tan dicotómicos a pesar de aferrados, que somos vos o yo. Y yo ya no te elijo, porque me elijo a mí.
Entonces soportaremos ambos el viaje de ida hacia tu lecho de muerte, y prometo que la daga será precisa, justa, certera. Te prometo el llanto, puesto que no sé quién seré sin tu presencia, sino lo imagino. Y te velaré como a cualquiera de mis muertos o peor, porque sacrificarte me resulta tan atroz como perder un brazo, una costilla, como arrancarme la pierna que tantas veces odié. Será una mutilación porque no me atrevo a desmerecerte nada.
Estoy donde estoy porque me trajiste, porque llegamos juntos. Pero en este lugar no estaré siempre. Y finalizado el duelo voltearé mi espalda, me alejaré de tu tumba, y alguna que otra vez te dejaré una flor, pues sufriré tu ausencia, y todos, alguna vez, hemos ansiado que se nos dibuje un cordero. Un cordero que se transfigure, y eventualmente respire. Algo nuestro. Lo único completamente nuestro, hoy es mi puñal, pidiéndote que te vayas. Anoche te despediste, y ya no hay nada más por decir. Luego de tu gemido final seremos yo, mi sonrisa, mis manos ensangrentadas, la tierra, el cielo y el silencio.